domingo, 21 de diciembre de 2008

“El despertar de la bibliofilia”- 2008




Tal vez es el momento, dadas las entrañables fechas en las qué nos encontramos, de relatar una pequeña historia de matiz bibliófilo. No es una historia de grandes libros, ni de piezas únicas, ni de hallazgos asombrosos. Pero si que es una historia de cariño y sentimientos tempranos hacia los libros.

Hace unas semanas, una fría mañana de domingo, que era uno de esos días de asueto que no tienes nada planeado y que piensas en ir a algún sitio recurrente, se nos ocurrió ir al rastro. Siempre con la vana esperanza de encontrar alguna vieja reliquia, algún grabado perdido e incluso algún ejemplar olvidado de una primera edición de algún literato de la generación del 27.
Como siempre según realizas el serpenteante recorrido entre montones de herramientas extrañas, montañas de agendas de años pasados, tripas de ordenador, grifos oxidados, mandos a distancia, libros absurdos y revistas licenciosas, te preguntas ¿Qué hago yo aquí? Una vez más caes en las redes de la añoranza de rastros pasados, de relatos de la plaza de Cascorro, de los hallazgos que nunca asoman. Y para más inri, me hago acompañar a tan ímprobo lugar de mi mujer y mi hija, firmes sufridoras de mis pasiones bibliofílicas. De manera que cuando voy finalizando el recorrido, pienso si no hubiese sido mejor estar tomando un vermut en la playa mientras nuestra hija corretea por la orilla sorteando las olas.
Pero cuando faltaba poco para terminar la “visita turística” mi hija, que es un cielo y tiene diez añitos (qué no alabaría yo de ella) descubre en medio de uno de los pasillos que dibujan los puestos sobre el asfalto, un libro. Un libro roto, falto de algunas hojas iniciales y del plano delantero de la encuadernación. Del lomo solo le quedan algunos jirones y era de origen francés. Eso si es un libro viejo; del XIX. Cuando mi hija me lo muestra con cierta ilusión de su hallazgo, no le doy importancia y le explico que aquello no tenía ningún valor, que estaba roto y falto, que no podíamos saber de que obra se trataba y que estaba escrito en francés, y que ni siquiera podríamos leerlo. Ella aceptando resignada mi valoración me pregunta ¿Y donde lo dejo? Como si hubiera que darle un final digno. Yo le indiqué que lo dejara al pie de una farola, por si alguien se lo quería llevar. Así lo hizo. Pero al volver a nuestro lado confeso. Papa, me da mucha pena dejarlo ahí solo, podríamos cogerlo, arreglarlo, y mi amiga Paula que sabe francés podría leerlo.

Era la primera semilla del amor por los libros viejos. Mi mujer me dijo por lo bajo, no lo desaproveches, di que sí. Le dije que lo recogiera y su carita se iluminó. Le comenté que lo encuadernaremos e investigaremos de qué obra se trata, para catalogarlo. Se me puso la piel de gallina.
Hay que tener en cuenta que al nacer rodeada de libros antiguos, los mira casi como quien mira una silla. A pesar de todo lo que yo le he ido explicando acerca de ellos, para ella son cosas de mayores. Pero de manera espontánea le nació el amor por el libro como tal, el respeto por sus años y la curiosidad por su contenido. Y sobre todo porque lo había encontrado ella y podía ser una buena obra.

Esa misma semana pase por la librería de mi amigo Tono y descubrí un grueso volumen, no muy grande un 8º mayor pero de 2759 Págs. Un diccionario enciclopédico Sopena de 1936. Estaba lleno de palabras, ilustraciones y mapas. Y sobre todo era llamativo por fuera y por dentro, y era viejo. Le dije a Tono que me lo llevaba; se quedó un poco sorprendido. No era el tipo de libro que suelo comprar. Le conté la historia que os acabo de narrar y le llegó tan hondo que me lo regalo. Mejor dicho se lo regaló a mi hija, yo sólo se lo hice llegar.
Cuando mi hija recibió el obsequio del amable librero le encantó y se puso a hojearlo con avidez. Su primer libro completo para su colección de libros antiguos.
No pude evitar, pensar en Vicente y Pedro Salvá, y las emociones que compartirían. Yo desde mi modesta biblioteca, me sentí en la distancia y en el tiempo, por un momento unido a ellos.
Ya sé que es difícil conseguir, sobre todo en los tiempos actuales, que incremente su pasión por los libros antiguos. Pero al menos aquel domingo en el Rastro de Valencia, no lo olvidaré.

¡¡ Feliz Navidad a los bibliófilos y bibliófilas, de buena voluntad!!

6 comentarios:

Puigmalet dijo...

Preciosa historia. Confío que si algún dia averigua la identidad del libro francés nos explicará el qué y el cómo, que aquí resulta aún más interesante.

Bones Festes.

Galderich dijo...

Lamberto, estoy de acuerdo con Puigmalet. Me gustó la historia bibliófica iniciática!
Me gusta ver que no soy el único que también pervierte a sus hijas (tambien de diez años y siete) en el árduo mundo de la bibliofília... y que es capaz de regalar un libro viejo como prueba de amor paternal!

lamberto palmart dijo...

Moltes gràcies pels vostres comentaris

Bon Nadal per a ambdós.

DIEGO MALLÉN dijo...

Amigo Lamberto: ¡Que narración más emotiva y conmovedora! El amor por nuestros hijos y el amor por los libros unidos. Merece formar parte del maravilloso volumen "Cuentos de bibliófilos" que publicó Miquel y Planas.
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Además todos los libros tienen un interés, por mínimo, distante o efímero que nos parezca. Siempre tengo presente el pensamiento de Azorín en su obra "Un pueblecito: Riofrío de Avila":
“Todos estos libros vulgares, representan, por lo menos, un momento en una vida humana. Lo que ahora nos parece insignificante ha animado durante un instante un espíritu”.
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Saludos bibliófilos,
Diego.

lamberto palmart dijo...

Amigo Diego, gracias por tus elogios. La unión de hijos y libros es una simbiosis ideal para un bibliófilo. Poder compartir nuestra ilusión y que participen de ella. Creo que a todos nos llena de orgullo y satisfacción.

Saludos bibliófilos.

María_azahar dijo...

¡FELIZ NAVIDAD!

Un fuerte abrazo, amigo mío.